una reflexión compartida con la Primera Iglesia Bautista de Río Piedras (Puerto Rico), leído en su programa radial semanal, Tiempo de Creer
Domingo de la Reforma - 28 de octubre de 2012
Las tradiciones protestantes, y no pocas tradiciones evangélicas,
celebran hoy el hecho histórico conocido como la Reforma Protestante. Luego de
varias experiencias que transformaron la manera en el el monje agustino, Martín
Lutero, vivió su vocación pedagógica y monástica, Lutero comenzó a buscar de
que manera las escrituras sagradas llaman a una más fiel y efectiva manera de
vivir y proclamar el evangelio. Sus momentos devocionales y su intensa lectura
de la Biblia le llevaron a poner en entre dicho 95 prácticas que el liderato
eclesiástico de su época enseñaba como autoritario. Su mayor crítica, muy
probablemente, fue a la insistencia de algunos jerarcas episcopales, y
particularmente algunos en Roma, de que la iglesia (y entiéndase por iglesia,
en esta instancia, la jerarquía) tenía la autoridad final para toda
interpretación en asuntos de comprensión bíblica, pensamiento cristiano,
vivencia de la fe y conducta.
Mucho ha llovido desde entonces. Martín Lutero y los demás
reformadores continúan siendo figuras importantes en la historia del
cristianismo universal, no sin reconocer las serias críticas que podemos hacer
respecto a sus criterios y acciones político-sociales. También nos ha
demostrado la historia que no sólo fueron hombres los protagonistas del
movimiento reformador. Hubo mujeres cuyas acciones y enseñanzas fueron
puntuales para los movimientos reformadores, figuras que debería ser nuestro
menester (re)descubrir y (re)conocer. También es muy distinta la tradición que
conocemos desde el siglo XVI como el catolicismo romano. Los concilios de
Trento (s. XVI), de Vaticano I (s. XIX), y más pertinente el de Vaticano II (s.
XX) han cambiado el acercamiento de esta iglesia (entiéndase ahora por iglesia
todos los miembros de la misma) al texto bíblico, a la teología, y al
ministerio.
Y al celebrar hoy día aquella gesta de hace 495 años, es importante
reconocer y afirmar una de las metas que pretendieron impulsar los/as
reformadores/as: la democratización del pensamiento cristiano, de la lectura e
interpretación bíblica, y de la acción socio-política.
En distintos momentos de sus 113 años de historia, la Primera Iglesia
Bautista de Río Piedras (PIBRP) ha realizado acciones y proclamado un evangelio
que ha construido sobre ese principio democratizador. La PIBRP ha producido
líderes, y en momentos ha tomado posturas como iglesia:
- a favor de
una educación superior accesible y de excelencia, abogando por el
establecimiento de un recinto universitario en Río Piedras (UPR, Río Piedras),
- a favor de
un programa educacional y social a nivel secundario que garantizase la
preparación de ciudadanos productivos para el país y para el mundo, evidenciado
en la aún creciente presencia de mano de obra especializada, colegiada y
profesional en la membresía de al iglesia),
- a favor de
una educación primaria que garantice mejores oportunidades de educación
secundaria y superior, particularmente para las comunidades pobres que componen
mucha de la población riopedrense, evidenciado en el otrora Centro de
Desarrollo Infantil (luego Colegio Bautista de Río Piedras), y en el actual
Ministerio Rayitos de Esperanza,
- y en contra
del proceso que privó a Río Piedras de su identidad jurídica, pero no ha podido
destruir su identidad de pueblo y comunidad.
Y a pesar del tiempo que ha pasado, y de las críticas que tengamos a
bien hacerle a líderes del pasado, podemos celebrar porque esta identidad reformadora
sigue manifestándose en los ministerios que juntos apoyamos y realizamos desde
este histórico lote en la Calle Brumbaugh, junto con el resto de Río Piedras, a
través de Puerto Rico, y en el mundo.
Pero para ser una comunidad cristiana que reclame su identidad
reformadora tenemos que ser una iglesia dispuesta a continuar reformándose.
Cuando los reformadores afirmaron que sólo la gracia, sólo la fe, y sólo la
Escritura son suficientes para una vida cristiana robusta y activa, no es
basado en un momento o suceso. Al contrario, este principio exige una constante
afirmación de la soberanía de Dios sobre la iglesia que impulse a la iglesia a
una proclamación encarnada que constantemente revele aquellas cosas que deben
reformarse en nuestra vida como comunidad y en nuestra acción proclamadora.
La agencia reformadora del s. XVI, y la que continúa en el s. XXI
invita a la iglesia a responsabilidad y a libertad. A una libertad que rompa
las cadenas impuestas por líderes pseudo cristianos que pretenden reclamar
autoridad sobre las vidas y pensamientos de sus seguidores/as llamándole a la
prosperidad y a la conveniencia evangelio, confundiendo adoración y aprendizaje
con entretenimiento y auto ayuda, y olvidando comunidad, sustituyéndola con
individualidad. Debemos proclamar la libertad que nos da el Espíritu Santo para
encontrarnos con Dios y para encontrarnos unos con otros, y que nos lleve a un
encuentro con el mundo. Una libertad que nos responsabilice y nos sensibilice
con la necesidad en nuestro país y en el mundo de justicia, paz y misericordia.
Una libertad que nos lleve a buscar el bienestar de todos, particularmente de
los desposeídos, y no el libertinaje que busca el favor gubernamental o el
oportunismo político.